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viernes, 5 de marzo de 2010

Confesión con una monja


Siempre he sentido una blasfema atracción por la mujeres vestidas de monja. Hay algo me hace pensar que no llevan nada puesto debajo de esa indumentaria “santa”, y eso me excita bastante, ¿la causa? Acá les escribo una teoría:


Supongo que en otra vida, un día cualquiera me encontré en alguna catedral perdida de un tiempo lleno de brujas incineradas e inquisidores españoles, supongo que me encontraba rezando de rodillas ante el altar, concentrado en mentir y dar la impresión de tener muy buenas voluntades para con la iglesia. Mientras tanto, no paraba de mirar de reojo a una joven monja que se encontraba de rodillas a unos tres metros de mí. Sus piernas flectadas y carnosas denotaban sutiles curvas de mujer, escondidas tras el género blanco de su atuendo. Sus manos apretadas entrelazaban los únicos dedos que podían recorrer su joven piel, piel blanca de blanca monja castellana, sudada bajo el calor del verano. Su cara estaba iluminada por el vitral de una virgen perdida en el tiempo. Sus ojos cerrados, escondían pecaminosas confesiones al espíritu santo, y con mi vista forzada entre párpados a medio cerrar, noté que entre sus pestañas se coló el débil brillo de sus pupilas. Era un buen indicio, sus pupilas estaban apuntando en mi dirección, ella también me miraba de reojo.

Giré la cabeza para observar el entorno, en el pasillo y los pilares de la catedral no había nadie, sólo nos encontrábamos nosotros la divina trinidad.

Abrí los ojos y la miré la cara. Sonrío; le sonreí. Me levanté, ella siguió sentada con sus rodillas pegadas al piso, sus manos no se movieron, ahora sus ojos estaban abiertos, pero mirando en el piso.

Mis pasos resonaron en la catedral, la acústica eclesiástica delataba mis movimientos, amplificaba mi fogosa tentación. Llegué a su lado y con un rápido movimiento se levantó: me agarró del cinturón y con el índice me tapó la boca mientras me arrastraba hasta el confesionario.

Caí en el asiento del cura, con mis gruesas manos levanté su túnica, y tomé con fuerza sus muslos, le mordí el cuello. Le arranqué las mantas que llevaba por ropa interior, y sus caderas empezaron a menearse suavemente mientras con mis dedos daban delicados masajes a su entrepierna, y con mi mano izquierda no dejaba de rozar sus sudados pechos desnudos. Su respiración entrecortada retumbaba en mis oídos como el canto de un ángel que me arrastraba con cada movimiento de caderas hasta el paraíso.

Supongo que algo así debe haberme llevado a sentir esa fetichista atracción por las mujeres vestidas de monja, esa idea me gusta, aunque me han dicho que sólo soy un maldito fetichista.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Dormir


Esa noche quería dormir bien. Tomó un paracetamol, dos ibuprofenos y un ravotril. Durmió tan bien, que no quiso despertar nunca más. Hasta el día de hoy no ha cambiado de dedesición.

martes, 12 de mayo de 2009

Soluciones

Iría con una aguja a romper tu burbuja e intentaría que quien vive adentro se dedicara de una vez por todas a correr por praderas infinitas tiznadas de ceniza, y bebiera lava incandescente en una copa de vino, llamaradas de flores incandescentes, hojas quemándose con ecuaciones inconclusas, humo blanco anunciando la asunción de una nueva monarca, cuyo reinado está sujeto a punta de latigazos y palmas abiertas azotadas contra su piel, por sus esclavos que la dominan y someten, que dicen verdades envueltas en papel de regalo, y finalmente descomponen y hacen desmoronar en melodías el castillo de una vil deidad que gobierna. Que reina en un palacio frío de acero, y metal oxidado. Desmenuzando entrañas de experimentos humanoides llenos de deformaciones, hartándose hasta la saciedad de libros que hablan de la corona que reina, que escucha sinfonías escritas en pentagramas que sólo tienen las letras de su nombre, que recostada desnuda en su lecho, con Tu piel suave como el pétalo de una blanca rosa crecida en un charco de sangre, te cubre como la prenda más inalcanzable por los que consideras tus súbditos. Súbditos que labios finos han de desear, y súbditos que apunta de mordiscos intentan sobrevivir, mientras su reina sufre, sufre de no querer ser…sufre de sufrir…súbditos que sufren el placer…reinas que placenteramente buscan sufrir…pieles que sienten el abrigo de una fricción…pieles enrojecidas por impulsos de violento aliento…………………………………………………………………………NO hay reina, la reina sucumbe, la música la hace surgir humo negro, el reino cae, los tableros se queman, los súbditos mueren desangrados y de hambre, el castillo oxidado y frío se envuelve en vegetación, la burbuja reaparece, la burbuja regenera membranas de olvido, los labios finos se difuminan entre tonos color lamento, el placer se disuelve en licor…….

Un llanto tenue se pierde en la niebla, una niña resurge, las diosas no existen…